EL ÚNICO JEFE BUENO ES EL JEFE MUERTO

La mañana había transcurrido como casi todas, con una excepción: no iba a aguantar más mierda de ese cabrón. Llevaba quince años en la empresa, cobrando el mismo sueldo, desempeñando el mismo trabajo tedioso y aguantando al hombre que tenía delante en aquel momento. Era suficiente.
«Me voy de vacaciones», le dije a mi jefe nada más terminar mi jornada laboral. «Ya no lo aguanto más».
Me giré dándole la espalda, dejándolo solo en su despacho con la mirada vacía, la cara de asombro y la lengua fuera. Fui al cuarto de baño y me lavé la cara y las manos. Después intenté quitarme las manchas de la camisa frotando con un trozo de papel higiénico, sin éxito. Seguro que nadie lo notaría.

Pasee por delante de mis compañeros diciendo adiós con la mano y subí al ascensor. Todos me miraban y yo me sentía como una jodida estrella de la televisión. No fue hasta llegar a la planta baja y sentir las toscas manos del agente en mis muñecas, que me di cuenta de lo que acababa de hacer.

Mi abogado alegó enajenación transitoria.

¿Por qué nos gusta tanto eso de asesinar al jefe? Supongo que todos los que hemos tenido jefes, alguna vez, nos hemos imaginado golpeándole con la grapadora, en el caso de un oficinista; con una sartén, en el caso de un cocinero; o con un martillo neumático, en el caso de un obrero de la construcción. En este último caso, un solo golpe podría ser fatal. Pero en el del oficinista… puede que en lugar de una grapadora, use un abrecartas y en lugar de golpear, opte por el apuñalamiento.

Mi padre siempre ha dicho esa frase que me resulta tan divertida: «El único jefe bueno es el jefe muerto». Gracias, papá, por la inspiración.

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