MIRO EL ATAÚD
Hoy es fiesta, así que me he levantado tarde, he recogido la cocina, que anoche se quedó hecha un desastre, y no he hecho nada más. No me da la gana.
Algunos celebran la Semana Santa yendo a misa, haciendo procesiones… si es que les dejan. A mi no me van esos rollos. En mi casa somos ateos, tanto los gatos como las personas, así que celebramos la Semana Santa no haciendo nada.
Bueno, lo que sí he hecho ha sido adaptar un microrrelato que escribí hace unos años y hoy, al releerlo, no me ha molado nada. Mucho drama, mucha explicación… He cogido las partes que más me gustaban y le he dado una vuelta de tuerca como Henry… James.
Así que hoy traigo relatillo fúnebre.
Espero que os guste.
Miro el ataúd. Sigue abierto. Sus ojos también y me miran vacíos, lejanos… Aún hay gente despidiéndose de él. Hordas de plañideras se acercan llorando y comentan lo guapo que ha quedado. «Irradia vida», dice una vecina.
Pero no, está muerto. A través del maquillaje se puede ver su piel cetrina. Puedo sentir cómo sus órganos se descomponen, formando gases, pudriéndose mientras el enjambre de arpías comenta lo bueno que era. Intento acercarme un par de veces, pero una fuerza invisible me lo impide. Varias personas me han dado el pésame, pero ni me he enterado. No puedo apartar la vista del ataúd. Tengo la sensación de que en cualquier momento se va a levantar y va a venir hacia mi, enfadado, como siempre; y me va a golpear con su puño de hierro. Ese puño que tantas veces nos golpeó a mi y a mi madre. Ella está en un rincón. No lo ha mirado ni una sola vez. No sé qué siente. No lo hemos hablado. Nunca hablamos de nada, y menos de él. Me imagino que estará aliviada, pero nunca se sabe. Tal vez le quería.
Sus ojos me siguen mirando y yo me estremezco. Por Dios, que alguien le cierre los ojos a mi padre.


