Photo by fotografierende on Pexels.com
Domingo por la mañana. Me he despertado sin resaca; hace mucho que no me despierto con resaca. Tengo ganas de escribir, pero no se me ocurre un tema en concreto. Me siento delante del ordenador con mi taza de café humeante y sin rumbo fijo, abro la página del blog y hago clic en «escribir».
Una pausa para dar un trago: me gusta el café con leche de arroz, la leche normal no me sienta bien y me he acostumbrado a ésta. Estoy intentando reducir el azúcar en mi vida y ahora le pongo sólo dos cucharadas; antes le ponía tres, como una yonki cualquiera. Está rico y me espabila.
Tengo el estudio en una habitación de mi piso de alquiler a la que llamo «la salita». En todos los pisos en los que he vivido he tenido una «salita». Mi chico y yo la utilizamos como estudio y oficina. Tenemos dos ordenadores, el de escribir y el de grabar.
Ahora mismo estoy en el de escribir y él está en el otro, masterizando un tema de rap que le han encargado unos chicos de Ponferrada. Han estado viniendo a grabar; un par de chicos cada fin de semana, porque con esta historia del Covid, no se puede llenar la casa de gente y todo va más lento. Entre rapero y rapero, me cuelo yo para grabar mis canciones, que también tengo derecho, ¿no?
La verdad es que me están quedando bastante bien, pero cada vez que termino de grabar
-voz principal, coros, coros de los coros- decido que no me convence y le cambio algo. A este ritmo nunca tendré los temas terminados. Luego está el asunto de los videoclips… Se me da muy mal lo de las cámaras, soy muy poco fotogénica y me da una vergüenza que me muero, pero tendré que animarme, digo yo.
Ayer estuve hablando con una chica majísima que está grabando unas sesiones geniales a gente de por aquí y me he apuntado. Tengo muchas ganas de hacer cosas, así que, en cuanto tenga uno de los temas listo, pero listo, listo, la llamaré para grabar un vídeo. Va a quedar guay.
No sé qué tiene esto del blog, que me lleva a utilizarlo como si fuera un diario y me recuerda a los diarios que escribía cuando tenía 14 o 15 años: «Querido diario, hoy un chico me ha mirado en el metro. Era guapísimo!»
Qué recuerdos. Releyendo mis diarios de adolescencia, me he dado cuenta de que ya estaba como una cabra entonces y me ha hecho mucha ilusión, porque en realidad no he cambiado tanto. Ya no me obsesionan los chicos y esas cosas, pero sigo manteniendo esa esencia tan fresca que me hace ser yo.
Según iba escribiendo, me he terminado el café. Ahora me voy a recoger la cocina antes de que uno de mis gatos tire un vaso de la encimera y lo llene todo de cristales, que les oigo muy revolucionados.
Esta semana colgaré mi siguiente podcast. Estad atentos.


